La estrategia de “paz total” del Gobierno de Gustavo Petro enfrenta uno de sus episodios más controvertidos luego de conocerse que Iván Jacob Idrobo Arredondo, alias Marlon, recibió en el pasado la suspensión de una orden de captura en el marco de acercamientos con el Estado, y hoy es señalado como presunto responsable de un
La estrategia de “paz total” del Gobierno de Gustavo Petro enfrenta uno de sus episodios más controvertidos luego de conocerse que Iván Jacob Idrobo Arredondo, alias Marlon, recibió en el pasado la suspensión de una orden de captura en el marco de acercamientos con el Estado, y hoy es señalado como presunto responsable de un atentado que dejó más de 20 muertos en el departamento del Cauca.
La información fue confirmada por la Fiscalía General de la Nación, que indicó que la medida se adoptó a solicitud de la oficina encargada de los procesos de paz. El objetivo era permitir la participación de este hombre como supuesto vocero de las disidencias de las Farc en espacios de diálogo con el Gobierno.
Un mecanismo clave bajo escrutinio
La suspensión de órdenes de captura ha sido una de las herramientas más visibles de la política de negociación impulsada por el Ejecutivo. Se trata de un instrumento legal que busca facilitar el contacto con actores armados, bajo la premisa de que su participación en procesos de paz puede contribuir a la reducción de la violencia.
Sin embargo, este mecanismo está condicionado al cumplimiento de compromisos específicos. En el caso de alias Marlon, dichos compromisos no se habrían concretado. El beneficio fue retirado en abril de 2023, cuando las autoridades concluyeron que no existía voluntad real de avanzar en los diálogos.
Desde ese momento, el disidente volvió a ser objetivo de las Fuerzas Militares. No obstante, informes de inteligencia sugieren que durante el periodo en que estuvo cobijado por la medida habría fortalecido su estructura criminal y ampliado su control territorial.
El atentado que reconfiguró el debate
La controversia tomó mayor dimensión tras el ataque ocurrido el 25 de abril de 2026 en la vía Panamericana, a la altura de Cajibío, en Cauca. El hecho dejó más de 20 víctimas mortales y generó una reacción de rechazo a nivel nacional.
El ministro de Defensa, Pedro Sánchez, señaló a alias Marlon como uno de los principales responsables del atentado y anunció una recompensa de hasta 5.000 millones de pesos por información que permita su captura.
El funcionario lo describió como un actor de alto valor estratégico dentro de las disidencias, con capacidad de mando y control sobre múltiples estructuras armadas.
Un engranaje clave en las economías ilícitas
De acuerdo con reportes de las Fuerzas Militares, alias Marlon haría parte de la estructura liderada por Iván Mordisco, una de las facciones más activas del conflicto armado actual.
Su influencia se extendería sobre varios frentes que operan en Cauca y Valle del Cauca, territorios donde confluyen economías ilegales como el narcotráfico, la minería ilícita y el contrabando.
Las autoridades le atribuyen delitos como terrorismo, homicidio, secuestro, reclutamiento forzado de menores y extorsión, lo que lo ubica como uno de los perfiles más complejos dentro del mapa criminal.
Críticas y presión política
El caso ha reactivado las críticas hacia la política de “paz total”. Sectores de oposición han cuestionado la entrega de beneficios a actores con amplio historial delictivo, señalando que estos mecanismos pueden ser utilizados para fortalecer estructuras criminales sin compromisos reales de desmovilización.
Analistas advierten que, si bien la negociación es una herramienta legítima, su éxito depende de la existencia de controles rigurosos y de una verificación efectiva del cumplimiento de los acuerdos.
Desde el Gobierno, por su parte, se ha defendido la necesidad de estos instrumentos para abrir canales de diálogo en regiones donde el conflicto armado persiste, insistiendo en que la alternativa es la prolongación de la confrontación.
El dilema de fondo: paz y seguridad
El caso de alias Marlon pone en evidencia una tensión estructural: cómo avanzar en procesos de paz sin debilitar la capacidad del Estado para garantizar la seguridad.
La suspensión de órdenes de captura permite iniciar conversaciones, pero también implica riesgos cuando los actores involucrados no cumplen con las condiciones establecidas.
En este escenario, el Estado se enfrenta al reto de equilibrar la negociación con la acción militar, en un contexto donde la violencia sigue presente en varias regiones del país.
Impacto en la confianza ciudadana
Más allá de las implicaciones operativas, el episodio tiene un impacto directo en la percepción pública. La idea de que un actor armado haya recibido beneficios y posteriormente sea señalado por un ataque de gran magnitud alimenta el escepticismo frente a la estrategia gubernamental.
Esto ocurre en un momento en el que la seguridad vuelve a ser una de las principales preocupaciones de los ciudadanos, especialmente en zonas afectadas por el conflicto.
Un punto crítico para la política de paz
El caso se perfila como un punto de inflexión para la “paz total”. Más que un hecho aislado, plantea la necesidad de revisar los mecanismos de seguimiento, control y verificación dentro de los procesos de negociación.
También abre un debate sobre los límites de la flexibilidad jurídica en contextos de diálogo con actores armados, y sobre la capacidad del Estado para evitar que estos instrumentos sean utilizados con fines distintos a los previstos.
En adelante, el desafío para el Gobierno será demostrar que la estrategia puede ajustarse y fortalecerse, manteniendo abiertos los canales de diálogo sin comprometer la seguridad ni la confianza de la ciudadanía en las instituciones.











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